La importancia de proteger las zonas de interés ecológico

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Hay rutas que te sorprenden por lo que ves, por el aire que respiras o por el silencio que encuentras, pero detrás de esa experiencia hay muchas decisiones pensadas para que puedas disfrutar sin estropear lo que estás pisando. No es casualidad que haya senderos marcados, pasarelas de madera o señales por todas partes. Todo eso no está solo para orientarte. Está para proteger el entorno. Y aunque a veces no se note, lo cierto es que gracias a esos pequeños gestos muchas zonas naturales siguen intactas a día de hoy, a pesar del turismo masificado.

Cuando una zona se considera de interés ecológico, es porque ahí hay algo que vale la pena conservar: una especie que solo vive en ese sitio, un ecosistema que no se repite en otro lugar o un equilibrio natural que necesita mantenerse. Y eso no se protege simplemente diciendo que hay que cuidarlo, porque no todas las personas son respetuosas con el medio ambiente. Hace falta regular, diseñar y adaptar esos espacios para que se puedan visitar sin que la visita los destruya.

 

¿Por qué los gobiernos intervienen en estas zonas?

Cuando un gobierno declara un espacio como protegido, no lo hace por capricho. Hay detrás informes técnicos, estudios científicos y, muchas veces, años de trabajo para entender qué hace especial ese lugar. Puede ser un humedal, un bosque, una zona costera o una montaña. Lo que tienen en común es que son sensibles: cualquier cambio brusco, exceso de paso o actividad humana mal regulada puede dañarlos de forma irreversible.

La intervención no es solo para que no se edifique. También implica una serie de medidas que garantizan que el uso que se haga del lugar sea compatible con su conservación. Es decir, que puedas caminar por un sendero sin que eso implique que se erosione el terreno, se asusten los animales o desaparezca la vegetación. De hecho, muchas de estas medidas se aplican no porque haya mucha gente, sino precisamente para evitar que, con el tiempo, ese sitio se deteriore, aunque parezca intacto.

Esto incluye normativas sobre cómo moverse por la zona, dónde se puede aparcar, por qué hay que seguir ciertos caminos y hasta qué tipo de calzado es recomendable. Y aunque a veces estas restricciones te parezcan exageradas, tienen un objetivo claro: evitar que el ser humano, incluso sin querer, dañe lo que ha tardado siglos en formarse.

 

La señalización es muy necesaria

Cuando vas caminando por un sendero y ves un panel que te indica la distancia, la altitud o qué animales puedes encontrar, tal vez pienses que está puesto solo para informarte. Pero también cumple una función ambiental. Las señales sirven para que no te salgas del camino, para que sepas por dónde seguir sin abrir nuevas rutas a la fuerza o para evitar que te metas en zonas sensibles sin darte cuenta.

Los paneles no se colocan al azar. Se diseñan pensando en que sean visibles, resistentes y útiles. Muchas veces están pensados para que te detengas un momento y tomes conciencia de dónde estás, de lo que te rodea y de cómo puedes contribuir a cuidarlo. No es algo insignificante: cuando entiendes qué estás viendo, te cuesta más pisarlo sin pensar. Por eso te explican la flora, la fauna o los puntos más delicados del recorrido.

También hay señales que marcan límites de acceso, zonas de anidación o puntos donde no se permite el baño o el paso con perros sueltos. Todo eso no es para fastidiarte, sino para que esos pequeños gestos individuales no se acumulen y se conviertan en una amenaza para la zona.

 

Los puentes y pasarelas de madera son necesarios, aunque no lo parezca

Hay quien ve un puente de madera en mitad de un sendero y piensa que es una intervención artificial que daña la naturaleza del lugar. Pero lo cierto es que es justo al revés. Esos elementos están ahí para reducir el impacto del paso humano sobre zonas delicadas. Por ejemplo, en áreas con humedales, charcas o suelos blandos, el continuo pisoteo de la gente puede compactar el terreno, cambiar su drenaje natural y acabar destruyendo el ecosistema.

Las pasarelas permiten que se pueda cruzar sin tocar directamente el suelo. Además, delimitan el recorrido, evitando que cada uno pase por donde quiera, abriendo múltiples caminos que erosionan y fragmentan el espacio.

También se usan en zonas con vegetación muy frágil, para que puedas observarla sin pisarla. En invierno, cuando hay nieve o hielo, estos puentes ayudan a evitar accidentes, pero también a proteger el entorno, porque la gente no improvisa pasos nuevos por donde se ve más despejado.

 

El balizamiento para ordenar el espacio

Balizar una ruta es una forma de ordenar el uso del espacio para que no acabe deteriorándose. Cuando una zona tiene muchos visitantes, es fácil que se formen senderos secundarios, atajos o rutas improvisadas que no estaban previstas. Eso, con el tiempo, desgasta el terreno, rompe la vegetación y crea fragmentación en el hábitat.

El balizamiento ayuda a canalizar el paso. Hace que todas las personas sigan el mismo recorrido, reduciendo la huella ecológica total. Además, mejora la seguridad, porque te orienta y te evita confusiones, sobre todo en zonas donde los caminos no están tan claros.

A veces el balizamiento también indica lugares donde hay riesgo de caída, de desprendimientos o donde es necesario extremar la precaución. En otras ocasiones, marca tramos donde no se puede circular en bicicleta o donde el paso debe ser más lento por cuestiones ambientales.

Todo esto se hace con materiales que resisten bien el clima, pero que también son respetuosos con el entorno. Lo último que se quiere es proteger el medio ambiente a costa de llenarlo de postes de plástico o cemento. Por eso se utilizan maderas tratadas, pinturas biodegradables y elementos que se integran visualmente en el paisaje.

 

Cuando interviene una empresa especializada

Hay empresas que se dedican exclusivamente a llevar a cabo este tipo de trabajos, y lo hacen porque conocen al detalle lo que necesita una zona para seguir siendo protegida sin dejar de ser accesible. ORBE, por ejemplo, se dedica a ejecutar obras medioambientales como la adecuación de áreas de interés ecológico, señalización y balizamiento de rutas de senderismo, entre otras funciones.

Desde su experiencia, explican que uno de los mayores retos es intervenir lo justo. Lo que se busca es que el paso humano no deteriore el entorno, y eso implica planificar bien cada actuación, usar los materiales adecuados y, sobre todo, conocer a fondo el comportamiento de cada ecosistema.

También tienen claro que muchas veces la gente no entiende por qué se hacen estas intervenciones, y que hace falta mucha paciencia. Cuando ves un puente nuevo o un sendero con vallas, puede parecer que es una manera de volverlo turístico, pero muchas veces es lo único que evita que acaben matando las raíces de árboles centenarios o contaminando zonas de agua.

Gracias a este tipo de intervenciones bien pensadas, es posible que hoy puedas caminar por rutas que hace diez años estaban completamente degradadas. Y no porque se hayan cerrado, sino porque se han ordenado, señalizado y adaptado con sentido.

 

Otras formas de proteger las zonas naturales

Además de estos, hay otras medidas que se suelen aplicar para proteger las zonas de interés ecológico:

  • Control de acceso: En algunos lugares, especialmente en épocas delicadas como primavera (época de cría) o verano (alto riesgo de incendios), se limita la entrada a ciertas áreas. No es para fastidiar, sino para evitar que un aumento de visitas dañe especies sensibles.
  • Limpieza y mantenimiento: Hace falta un sistema de recogida y mantenimiento que evite acumulaciones de residuos, sobre todo en zonas sin acceso a vehículos. Y también limpiar sin dañar, lo que implica formación y planificación.
  • Información y concienciación: Se organizan actividades, visitas guiadas y talleres para explicar por qué ese sitio es valioso. Cuanto más conoces un entorno, más difícil es que lo maltrates sin querer.
  • Restricción de ciertas actividades: En algunas zonas no se puede acampar, hacer fuego o volar drones. Tampoco se permiten perros sueltos o vehículos motorizados. Estas normas no buscan limitar tu libertad, sino proteger especies y hábitats muy sensibles.
  • Seguimiento y evaluación: Los espacios protegidos se revisan con frecuencia. Se mide cómo está evolucionando el terreno, si las especies se mantienen o si el paso de gente está afectando más de la cuenta. Y en base a eso, se corrigen o se refuerzan las medidas.

Todo esto es lo que permite que puedas seguir disfrutando de estos sitios dentro de diez o veinte años. Y que tus hijos también lo hagan.

 

Siempre se tratará de hacerlo bien

Proteger este tipo de zonas significa gestionarla bien, cuidarla con inteligencia y pensar en el largo plazo. Hace falta estructura, intervención responsable y mucha coordinación.

Cada vez que ves una señal, una pasarela o un camino bien marcado, estás viendo el resultado de un trabajo que busca que tú puedas estar ahí sin que eso destruya lo que te atrajo en primer lugar. Y si a veces hay normas que no entiendes, recuerda que detrás hay gente que estudió ese entorno, lo midió, lo caminó y decidió que esa era la mejor forma de conservarlo.

Porque cuidar la naturaleza no es quedarse quieto, es actuar con cabeza. Y eso implica hacer cosas. Pero hacerlas bien.

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