Los pros y contras de vivir en un pueblo.

Hace cosa de un año me mudé a un pueblo, pero no a ese tipo de pueblo que estás pensando, sino uno más alejado aún de la civilización. Lo sé, a mí me parecía una locura también, pero sinceramente, ahora no podría volver a mi vida anterior ¡El cambio es tan grande que también te cambia la mentalidad!

Puedo decir abiertamente que sé de lo que hablo: he pasado 365 días en un pueblo y he podido comprobar qué cositas me sorprendieron (gratamente), qué cosas me preparaba para encontrar y qué me saca de quicio… Porque créeme, para poder opinar, debes vivirlo en tus propias carnes.

Yo me fui en plan “locura” como dije antes a un pueblo que anunciaban en la tele cuando hablaron en un programa de la España vacía, y no te voy a mentir: lo idealicé complemente, y las redes sociales no ayudaron a que no lo idealizara… Siempre lo ponen todo súper bonito y no te dicen las cosas con transparencia. Pero aquí vengo yo, querido lector, para salvarte, y para contarte cómo son las cosas en realidad. Porque, aunque tú no vayas a vivir la misma experiencia que yo, conviene que las sepas, ¡Créeme!

¿Cómo es la verdadera vida rural?

Lo más destacable que te encuentras cuando llegas a un pueblo así de alejado es el silencio, un silencio profundo que te envuelve y te hace notar cada pequeño sonido: el canto de los pájaros, el murmullo de un arroyo cercano, el viento moviendo las hojas… ¡Es increíble!

Al principio puede resultarte extraño (incluso inquietante), sobre todo si vienes de la ciudad, donde siempre hay ruido, aunque sea de coches o de gente hablando. Pero luego aprendes a disfrutarlo, y créeme, es un tipo de paz que no tiene precio.

¿Y la naturaleza? Me fascinó. Es imposible no salir a pasear y no encontrar algo nuevo: un campo lleno de flores, una ardilla traviesa, el cielo nocturno lleno de estrellas que nunca habías visto con tanta claridad, y no es exageración: viviendo en la ciudad, muchas veces ni siquiera recuerdas que el cielo puede ser un espectáculo en sí mismo. Aquí, sin filtros ni redes sociales, la naturaleza es la protagonista.

Además del silencio y la naturaleza, hay otro aspecto que me impactó: la conexión con las estaciones del año y los ciclos naturales. En la ciudad, a veces no notas el cambio de estación más allá de la ropa que llevas puesta o las luces de Navidad; aquí, todo cambia de manera palpable. La primavera se siente en cada brote de flor, el verano en los largos atardeceres y los días que se alargan, el otoño con hojas de fuego que cubren los caminos, y el invierno con mañanas frías y neblinas que parecen envolver el pueblo en un abrazo silencioso.

¡Pero no todo es un paraíso! La vida rural trae consigo ciertas limitaciones que en la ciudad jamás notarías. Las tiendas están más lejos, los horarios son diferentes y, en algunos casos, hay que acostumbrarse a que el acceso a ciertos servicios, como supermercados grandes o farmacias 24 horas, no sea inmediato. También hay que aprender a planificar más las compras y los desplazamientos, porque no puedes improvisar con tanta facilidad, y algunas cosillas más de las que hablaré más adelante.

¿Cómo es la vida con los vecinos?

En mi anterior edificio no cruzaba palabra prácticamente con nadie, en serio. Desde que vine aquí, todo cambió, y no todo era malo. Es cierto que a veces pillas a algún vecino mirándote para recoger algún chisme, pero en general son un amor, y la ayuda mutua forma parte del día a día. Por ejemplo, cuando llueve mucho, los vecinos se ayudan a despejar caminos o a mover vehículos atrapados; en las fiestas locales, todos colaboran para organizar celebraciones o ferias; y cuando alguien necesita un recado urgente, siempre aparece alguien dispuesto a ayudar.

También he aprendido que cada persona tiene su rol, y que todos son importantes para crear la comunidad que sostiene al pueblo: los hay que cultivan huertos para todo el pueblo, otros cuidan de animales colectivos y algunos enseñan talleres de manualidades.

¡Hay mucha diversidad!

Los pros que me enamoraron del pueblo.

  • Tranquilidad absoluta: levantarte y no escuchar bocinas ni gente gritando es un lujo que no tiene comparación.
  • Conexión con la naturaleza: cada paseo es una experiencia, y ver crecer tus propias plantas o cuidar animales se convierte en un aprendizaje diario.
  • Comunidad cercana: sí, todos se conocen, y al principio puede parecer agobiante, pero luego descubres que esa cercanía te da una red de apoyo real.
  • Menos estrés y ritmo más humano: no hay prisas para nada; aprendes a vivir a otro ritmo, y eso, aunque suene cliché, cambia la mentalidad de verdad.
  • Espacios para ti: puedes encontrar rincones para leer, dibujar, hacer deporte o simplemente contemplar el paisaje sin que nadie te moleste.

Los contras que no me esperaba.

  • Distancias y transporte: para cualquier cosa “importante” necesitas coche y planificación. Un médico especialista o un centro comercial pueden estar a más de 30 minutos.
  • Menos opciones de ocio: salir a cenar, ir al cine o a conciertos requiere más tiempo y organización. la vida nocturna prácticamente no existe, salvo que cuentes reuniones en casas de amigos.
  • Falta de anonimato: en un pueblo pequeño, todos saben quién eres y lo que haces; esto puede resultar agotador para las personas que valoran su privacidad por encima de otras cosas.
  • Trámites más complicados: algunos servicios burocráticos se concentran en la capital más cercana, así que hay que planear bien cada visita administrativa.

Y lo que más me afectó… el acceso a internet.

Mudarte a un pueblo alejado trae consigo muchas sorpresas, y una de las más notables es darte cuenta de que estar conectado no siempre es tan sencillo como en la ciudad. Puede que tardes más en descargar un archivo o que alguna videollamada se corte, y al principio resulta frustrante si vienes acostumbrado a la inmediatez de la ciudad.

En mi experiencia fue peor, porque yo teletrabajo, y no paraba de preguntarme “¿Cómo puedo hacerlo? ¿Es que acaso voy a tener que renunciar a mi trabajo?” Y es que no había cobertura y el asunto me tenía de los nervios…Afortunadamente pude arreglarlo. En una de mis visitas a la ciudad, me enfrasqué en buscar soluciones de una forma un poco desesperada, y me dispuse a entablar conversación con los entendidos de Conéctate35. Tras contarle mi problema me aclararon las ideas, explicándome que el internet podía llegar a cualquier parte de España si sabes cómo hacerlo.

Así que me puse a ello y por fin, pude solucionarlo… pero créeme, al principio fue un rollo total.

¿Con qué te quedas cuando estás allí?

Una de las cosas que más me ha sorprendido es cómo empiezas a apreciar los pequeños detalles que en la ciudad pasan desapercibidos:

  • La luz del amanecer atravesando los campos, que te despierta antes de cualquier alarma.
  • El aroma del pan recién horneado de la panadería de la esquina, que te hace sentir parte de la rutina del pueblo.
  • Los saludos amistosos que recibes caminando por la calle, que se convierten en pequeñas conversaciones llenas de cercanía.
  • El canto de los pájaros a primera hora de la mañana, que se transforma en una banda sonora natural que acompaña tu día.

En general, todos estos pequeños pero grandes momentos se acumulan, y hacen que tu vida se llene de satisfacción y conexión real, algo que en la ciudad muchas veces cuesta encontrar.

Mis consejos más sinceros para sobrellevar la vida rural.

Si eres como yo, y quieres un cambio, lánzate.

¡En serio, no te lo pienses mucho! La vida rural es una pasada, y está claro que todos necesitamos ese contacto con la naturaleza para poder tener mejor salud física y mental. Pero no te olvides que las experiencias que vivas, buenas o malas, definirán tu estancia allí. Gracias a mí, por ejemplo, puedes hacerte una idea de cómo llevar ciertos asuntos, así que toma papel y boli y apunta estos consejitos finales que te doy con todo mi amor para que todo te vaya requetebién:

  • Lo primero es aceptar el cambio de ritmo: no puedes vivir como si estuvieras en la ciudad, ni querer tener todo al instante. La paciencia se vuelve tu mejor aliada.
  • Segundo, planifica tus compras y desplazamientos, porque improvisar es mucho más difícil. Aprende a conocer horarios, tiendas y servicios locales, incluso de pueblos vecinos.
  • Tercero, aprovecha la naturaleza y los espacios abiertos: caminar, correr, montar en bici, dibujar o simplemente sentarte a contemplar el paisaje se convierte en una actividad diaria que mejora tu bienestar físico y mental.
  • Cuarto, conecta con la comunidad: participa en eventos que se celebren allí, mercados, festividades y actividades vecinales. Al principio puede ser raro, pero con el tiempo, esas relaciones te sostendrán y harán la experiencia mucho más enriquecedora.

Y quinto y final: ¡Disfruta! Créeme que cuando empieces, ya no podrás volver a tu ritmo de vida acelerado anterior.

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